Selvas tupidas y campos raleados hace un par de siglos, rodean la estancia del viejo cafetal de La Dionisia , al este de los farallones que flanquean al río Canímar, en la costa norte de la provincia cubana de Matanzas, a un centenar de kilómetros de la Ciudad de La Habana.
Bien adentro de ese territorio se hallaba la gran finca cafetalera de “mesié” Rubielle, y otras estancias productoras del grano, propiedad de colonos galos llegados a Cuba con sus familias y esclavos luego de la revolución haitiana, entre los finales de la décimo octava centuria y la siguiente.
Hoy el Cafetal La Dionisia se integra a la Ruta del Esclavo denominada por la UNESCO , junto al ingenio Triunvirato y el Castillo de San Severino.
Habrían comprado tierras a bajos precios, a tenor con el alto grado de aislamiento que imponía el Canímar a los terrenos de esa orilla este, cuando cruzar el ancho y profundo río solo podía hacerse en un bongo, pequeña embarcación de fondo plano con limitada capacidad de carga.
Pero a “monsieur” Francois Rubielle y a otros colonos del café no les hacían falta el bongo ni cualquiera otra facilidad para extraer su grano hacia las ciudades y puertos del oeste. En realidad, sus embarques para Nueva Orleans se hacían desde un punto secreto del río, en goletas mercantes que llegaban directo al sur de los Estados Unidos.
Ese comercio de contrabando, sin embargo, llevó al Gobierno colonial español a levantar, en la boca del Canímar, el castillete artillado que todavía existe en la actualidad.
Sabido es que por esa vía fluvial salían en esa época grandes embarques de café y azúcar de otros cultivadores franceses y norteamericanos, que hacían llegar sus partidas hasta del valle de Guamacaro, situado tierra adentro.
Cuando comenzaron a arribar las familias norteamericanas desde Nueva Inglaterra, al “mesié” de La Dionisia y a su familia les entró la taranta y se marcharon para siempre, dejando su cafetal, instalaciones y la gran casona familiar, que se han conservado hasta hoy.
Perdida en esas selvas clareadas, se levanta la casona de casi medio centenar de metros de fondo y tejas francesas, traídas por esos años de tejares marselleses de Martín Frere y Pierre Sacomán. Sus puertas transpiran el fuerte olor de la madera dura de los bosques del río, y cerca se dibujan con piedras derruidas por el tiempo las paredes del almacén de café, de los barracones de esclavos y hasta de los “pabellones de apareamiento”, donde se dirigía el cruzamiento forzado de los más fornidos africanos y las mujeres de más estatura. Se halla intacta, tal vez como la dejó Rubielle, la noria y su mecanismo, también de madera dura, en un pozo de 52 varas de profundidad y tres de ancho, que extraía el agua en cajuelas, junto con anguilas, camarones y guabinas ciegas, para lavar el café y asearse la familia y la dotación de 100 cautivos negros.

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